26 de diciembre de 2024
Emprender en Canarias o el arte de sobrevivir si hay suerte.

Cuando hablamos de emprendimiento en Canarias, uno podría imaginar a visionarios impulsados por ideas innovadoras, con ganas de conquistar mercados internacionales desde un archipiélago único por su situación geoestratégica.

Pero la realidad es mucho más deprimente, aquí, el emprendimiento no es un sueño, es una pesadilla en la que la motivación no es triunfar, sino sobrevivir.

El último informe Global Entrepreneurship Monitor (GEM) de Canarias nos da un baño de realidad. La mitad de los emprendedores de las islas inician un negocio no por pasión, sino por necesidad. El autoempleo es su única salida ante la falta de oportunidades laborales.

¿Romanticismo? Cero.

Aquí no se crean empresas; se levantan parches que apenas aguantan la presión de un sistema que estrangula cualquier intento de prosperidad. ¿Y qué decir del apoyo financiero? Las cifras son ridículas.

El capital inicial medio para un negocio en Canarias apenas supera los 10.000 euros. Un capital que proviene, en su mayoría, del bolsillo del propio emprendedor o, peor aún, del de sus amigos y familiares.

Los bancos, las instituciones públicas y los fondos de inversión parecen haber pactado que en Canarias no merece la pena arriesgar un céntimo.

Mientras tanto, la internacionalización, esa gran promesa para aprovechar nuestra ubicación en pleno Atlántico, está completamente muerta. El 76% de los negocios canarios no exporta ni un solo producto o servicio.

¿Cómo hacerlo, si ni siquiera contamos con una red de formación o incentivos reales para salir de esta burbuja de pobreza económica?

El panorama educativo tampoco ayuda. En lugar de fomentar habilidades empresariales o formar líderes, seguimos perpetuando un sistema incapaz de preparar a los jóvenes para algo más que trabajos precarios.

Aquí, el talento se desperdicia y la creatividad se ahoga bajo el peso de un modelo económico basado en el turismo de masas, los salarios bajos y la dependencia eterna de subvenciones europeas.

La verdadera tragedia, sin embargo, es la falta de lucha. Nos han convencido de que somos víctimas de nuestra lejanía y de que debemos conformarnos con las migajas que llegan desde Madrid o Bruselas.

Mientras tanto, una élite política y económica vive en su burbuja de confort, alimentándose mutuamente mientras el resto sobrevive en un ciclo de fracaso y endeudamiento.

Es hora de dejar de tragarnos la milonga de la distancia y empezar a ver las posibilidades que este archipiélago podría ofrecer.

Pero para eso necesitamos un cambio radical, un sistema que no sólo permita, sino que impulse, el emprendimiento de verdad con valor añadido, con recursos suficientes y con la ambición de abrirse al mundo.

Canarias no puede seguir siendo el cementerio de sueños que es hoy. O empezamos a luchar por lo nuestro, o este archipiélago quedará para siempre atrapado en su propia mediocridad, un lugar donde el emprendimiento no es más que un sinónimo de desesperación.

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