31 de diciembre de 2024

«La sustitución de la población canaria. Obligados a emigrar»

«La sustitución de la población canaria. Obligados a emigrar»

Imaginen un paraíso que se promociona como «el lugar donde tus problemas desaparecen», un edén al que todo el mundo quiere mudarse, no para salvarse del clima, sino del ritmo insostenible que ellos mismos construyeron allende los mares en España.

Ese paraíso existe, y se llama Canarias, un archipiélago que se ha convertido en el patio trastero de recreo de español, donde el sol y la arena son ahora secundarios frente a la estampida de mudanzas.

En 2023, nada menos que 26.067 personas decidieron empacar sus maletas

y traer consigo su visión de “progreso”.

Sí, esas mismas visiones que ya colapsaron Madrid, Cataluña o Andalucía.

Ahora, estos recién llegados miran a Canarias como el plató perfecto para sus vidas de revista, mientras los canarios asistimos impotentes a la transformación de nuestra tierra en un escaparate de Airbnb permanente.

Lo que hace unos años eran mudanzas puntuales hoy es un aluvión. Y no es casualidad. El modelo es claro. Canarias es para muchos la respuesta a su agotamiento peninsular.

Huyen de las grandes ciudades para acabar trayendo con ellos los mismos problemas: alquileres imposibles, saturación de servicios públicos y una población local desplazada en su propio suelo.

Es como si llegaran a un castillo en ruinas y, en lugar de reconstruirlo, le pusieran luces navideñas y subieran la entrada.

No hay municipio isleño que haya escapado de este tsunami humano. Desde el tranquilo Arrecife hasta Granadilla de Abona, todos han visto cómo el empadronamiento sube más rápido que los alquileres.

Mientras, en Las Palmas y Santa Cruz, los que llegan actúan como conquistadores modernos, compran casas con billetes gordos, arrasan con el mercado inmobiliario y dejan a los jóvenes locales mirando escaparates como si fueran niños huérfanos en Navidad.

Pero, ¿saben cuál es la ironía más cruel?

Mientras llegan 26.067 nuevos vecinos con sus maletas repletas de expectativas,

23.629 canarios se marcharon en el mismo año buscando fuera lo que su tierra no les ofrece.

No es un simple intercambio; es un desalojo silencioso. Canarias está expulsando a los suyos para hacer sitio a quienes pueden pagar más. El paraíso no se comparte: se vende.

Y no es solo cuestión de casas. El impacto va más allá. Los centros de salud parecen mercados en rebajas, las escuelas están tan llenas que pronto los niños tendrán que estudiar por turnos, y el transporte público… bueno, eso ya era un desastre, pero ahora es un chiste de mal gusto.

Sin embargo, el cinismo de todo esto se lleva el premio gordo. Nos dicen que este flujo de personas es necesario para “rejuvenecer la población” y “dinamizar la economía”.

¿Dinamizar qué? ¿El sector servicios, donde los contratos duran lo mismo que un barraquito?

Porque, para ser claros, los trabajos que abundan no son para genios de Silicon Valley, sino para camareros, cajeros y limpiadores. Es decir, puestos que, casualmente, no requieren alta cualificación y que podrían ocupar perfectamente los miles de canarios que siguen desempleados.

Pero, claro, ¿quién quiere pagarles a los isleños un sueldo decente cuando puedes contratar forasteros a precio de saldo? Mientras tanto, nuestros políticos, esos magos del inmovilismo, miran hacia otro lado.

No se atreven a plantear una regulación de residencia, no vaya a ser que ofendan a sus amos peninsulares o, peor aún, al lobby inmobiliario. Al parecer, las Islas tienen sitio para todos, menos para sus propios habitantes.

¿Hasta cuándo va a seguir esta fiesta? Porque cada vez es más evidente que los anfitriones no están invitados.

Canarias está siendo vendida pieza a pieza, como si fuéramos un lote de saldo en un mercadillo europeo. Si no ponemos freno a esta invasión disfrazada de oportunidad, pronto no quedará nada que los canarios puedan llamar suyo.

Así que sigamos empadronando. Sigamos siendo ese resort donde los españoles vienen a vivir su retiro espiritual mientras los isleños acumulamos turnos dobles para pagar un alquiler que nunca será nuestro.

Al fin y al cabo, el sol sigue siendo gratis. Por ahora.