Una Canarias que no lee, no pregunta. Y una que no pregunta, no molesta.
Leer sobre lo que nos rodea parece haberse convertido en una excentricidad, un lujo tan raro como encontrar un unicornio paseando por la avenida principal.
¿Quién necesita saber qué pasa en su barrio, en su isla o en su mundo cuando tiene el último video viral de un gato en TikTok o un meme de dudosa calidad para ocupar su tiempo?
Vivimos en la era del scroll infinito, donde la profundidad de nuestro interés compite con la de un charco.
¿Que hay problemas en nuestra tierra? Bah, otro día lo miramos.
Total, siempre habrá alguien más dispuesto a cargar con la culpa
o a solucionar lo que nosotros ni siquiera entendemos.
Nos hemos convertido en espectadores de nuestra propia decadencia, cómodos en nuestras sillas ergonómicas mientras el mundo real sigue girando allá fuera.
Y no, no es que nos falten oportunidades para informarnos. Información hay, lo que falta es ganas.

Leer requiere esfuerzo, pensar es incómodo, y cuestionar lo que nos rodea puede ser, horror de horrores, hasta doloroso.
Es mucho más fácil anestesiarnos con series de moda o teorías conspiranoicas sacadas de un rincón oscuro de internet que enfrentarnos al desastre cotidiano que habitamos.
El abandono de la lectura es como dejar un coche al borde de un precipicio y confiar en que el freno de mano aguantará para siempre.
¿Qué importa si no entendemos las leyes que nos gobiernan, los problemas de nuestra economía o la razón por la que nuestros hijos van a escuelas en ruinas?
Al fin y al cabo, siempre habrá alguien a quien culpar, ¿no?
El político de turno, la vecina que votó mal, el extranjero, o, por supuesto, «el sistema».
Hemos olvidado que la lectura no solo nos informa,
sino que nos vacuna contra la ignorancia.
Y, sinceramente, en este teatro del absurdo que llamamos sociedad, hay quienes están muy cómodos con nuestro analfabetismo funcional.
Porque una ciudadanía que no lee, no pregunta. Y una que no pregunta, no molesta.
Así que sigamos así, ignorando las raíces de nuestros problemas como si fueran esas malas hierbas que arrancamos en la superficie sin pensar que volverán a crecer.
Dejemos que la realidad nos golpee en la cara cuando ya sea demasiado tarde, como un cubo de agua helada en mitad de un incendio.

Total, mientras haya series de zombis para ver, no hay razón para preocuparnos por convertirnos en uno de ellos.


