Si la papa fuera un político canario, hace tiempo que estaría viviendo a cuerpo de rey en algún chiringuito institucional, cobrando dietas por respirar y con la jubilación blindada.
Pero no, la papa es una simple campesina de la tierra, un producto humilde que alimentó generaciones enteras y que, en estos tiempos de despilfarro, globalización y servilismo, está siendo condenada a desaparecer.

Resulta que Canarias, tierra agrícola por naturaleza, está dejando morir su cultivo estrella: la papa. Mientras el turismo desborda las islas y la importación masiva de alimentos nos hace cada vez más dependientes del exterior, los agricultores que se dejan la piel en el campo ven cómo las políticas públicas los empujan al abandono. Y no es casualidad.
¿Qué pasó con la papa? La mataron entre todos y ella sola se murió
El Gobierno de Canarias, siempre tan preocupado por su imagen en las ferias de turismo y sus campañas de «sostenibilidad» para Instagram, ha ignorado sistemáticamente a los agricultores.
La burocracia asfixiante, la falta de incentivos reales, el encarecimiento de los insumos y la competencia desleal de productos importados están dejando al sector en estado de coma. No hablemos ya del relevo generacional.
¿quién va a querer heredar una profesión donde todo son trabas y miseria?
En 1999, Canarias producía 68.000 toneladas de papa al año. Hoy, la cifra apenas llega a las 23.000. En un cuarto de siglo hemos perdido dos tercios de nuestra producción.
¿Y qué hacemos? Importamos papas de Israel, Reino Unido, Egipto o Francia, porque, al parecer, es más «rentable» traerlas en barco que cultivarlas aquí. Eso sí, después nos llevamos las manos a la cabeza con la plaga del escarabajo de la papa, que nos llegó de fuera. Qué sorpresa.
Agricultura de escaparate, política de postureo
El consejero de Agricultura de turno se hará la foto de rigor en la Feria del Queso, se llenará la boca con la “soberanía alimentaria” y nos venderá alguna subvención millonaria que, en la práctica, servirá para burocratizar aún más el sector.
Mientras tanto, las grandes superficies siguen reventando los precios, los intermediarios se llevan la tajada y el agricultor, si es que no ha colgado las botas, apenas sobrevive.
No se trata de nostalgia, sino de sentido común. Un pueblo que depende en un 90% de la importación para alimentarse es un pueblo condenado.

Y en Canarias, donde cualquier crisis de transporte puede dejarnos con los supermercados vacíos en una semana, seguir destruyendo la producción local es jugar con fuego.
Pero tranquilos, siempre nos quedará la opción de pagar 3 euros por un kilo de papas traídas de la otra punta del mundo o de incluir la papa en el catálogo de especies protegidas, junto con los pocos agricultores que queden en pie.
Mientras tanto, los políticos seguirán presumiendo de “cultura y tradición” en los actos oficiales, con un buen sancocho pagado con dinero público.

La papa se muere. Y con ella, un poco más de lo que fuimos.
¿De verdad vamos a dejar que la entierren sin hacer nada?


