Cuando lo “local” se usa como excusa para no hablar de poder, soberanía ni responsabilidades
En Canarias hay una palabra que se utiliza cada vez que alguien no quiere mojarse. Una palabra comodín, flexible, amable, aparentemente cercana y muy rentable electoralmente. Se llama municipalismo. Y en manos de ciertos políticos se ha convertido en el refugio perfecto para no decir absolutamente nada incómodo.
El municipalismo que hoy se vende no es una ideología. Es una coartada.
Se presenta como política “desde abajo”, “pegada al territorio”, “alejada de los grandes despachos”. Pero en la práctica funciona justo al revés. Sirve para no cuestionar el poder real, para no hablar de quién decide, quién recauda, quién planifica y quién se queda con la riqueza que sale de estas islas.
El municipalismo de escaparate es el nuevo traje del conformismo.
Porque hablar solo de lo local, sin tocar el marco, equivale a aceptar que Canarias no decide nada importante. Que el ayuntamiento arregle una acera mientras otros deciden el modelo económico, el suelo, los puertos, los aeropuertos, la energía y la fiscalidad. Mucha cercanía y cero soberanía.
Ese es el municipalismo que ahora se intenta vender como “alternativa”.
Cuando alguien dice “somos municipalistas” pero evita hablar de dependencia económica, de puertos, de comercio exterior, de control territorial o de relación con el Estado y la UE, lo que está diciendo en realidad es “no vamos a tocar nada que moleste”.
Y ahí entra la operación política de Teodoro Sosa y su nuevo invento.
Un partido que se presenta como municipalista mientras busca desesperadamente encaje en las estructuras del poder insular y autonómico. Un discurso de plaza de pueblo combinado con negociaciones de despacho. La cuadratura perfecta del cinismo político.
Porque si el municipalismo fuera real, el siguiente paso lógico sería confrontar con el modelo que asfixia a los municipios. Pero eso no ocurre. Al contrario. Se tiende la mano, se pacta, se sonríe y se abraza a quienes llevan décadas vaciando de poder real a las instituciones locales.
El municipalismo útil molesta.
El municipalismo de cartón piedra tranquiliza.
En Canarias, los ayuntamientos no están empobrecidos por mala gestión local. Están empobrecidos porque no controlan la economía, porque no participan en las grandes decisiones, porque dependen de transferencias y migajas mientras otros reparten el pastel.
Hablar solo de municipios sin hablar de poder
es como hablar de pesca sin hablar del mar.
Pero el discurso funciona porque es cómodo. No exige valentía. No exige ruptura. No exige explicar por qué se acepta el mismo marco que nos ha traído hasta aquí. Solo exige repetir palabras bonitas y señalar problemas pequeños mientras los grandes permanecen intactos.
El municipalismo que hoy se promociona no es una herramienta de emancipación. Es una renuncia elegante.
Renuncia a disputar el modelo turístico.
Renuncia a cuestionar la dependencia exterior.
Renuncia a exigir control sobre los recursos estratégicos.
Renuncia a construir país.
Y mientras tanto, los mismos de siempre siguen mandando. Con otros nombres, otras siglas y los mismos resultados.
En El Canario Socarrón lo decimos claro y alto, cuando el municipalismo no va acompañado de soberanía, es gestión de la miseria.
Cuando no apunta hacia arriba, solo sirve para administrar lo que otros deciden, cuando se usa para escalar poder personal, deja de ser municipalismo y pasa a ser oportunismo territorial.
Canarias no necesita más discursos pequeños.
Necesita dirigentes que se atrevan a hablar de lo grande.
Lo demás es ruido, marketing y cartón piedra.
Café cargado.
Segunda taza.
Y aún queda mucho que remover.