Carta de un canario: «Renacer en la esperanza»

Querida tierra, te escribo desde la tristeza más honda, como quien siente que su alma es un árbol que ha perdido todas sus hojas.

Llevo demasiado tiempo intentando sostenerme, buscando raíces profundas que ya no encuentro, atrapado en un suelo que, aunque sea mío, se ha endurecido bajo mis pies, empujándome lejos.

Me voy porque tus abrazos se han convertido en un eco vacío, porque el aire salado que un día respiré como libertad hoy me corta el pecho. La vida aquí se ha vuelto una tormenta interminable, un mar que no da tregua.

He callado las miserias que me asfixian puertas adentro, como quien tapa con un paño un cristal roto, pero ya no queda más tela.

Nací bajo este cielo teñido de alisios, entre calles que conocían mis pasos de niño y arenas que guardaban los secretos de mi infancia. Pero esas mismas calles hoy me parecen laberintos sin salida.

Mi barrio, mi refugio, que ahora me trata como a un extraño, ecnuentro que sus puertas están cerradas para mí.

Alguien de fuera camina por donde yo jugué, vive en lo que nunca podré llamar hogar pero que un día fue. Y yo, como una ola que no logra llegar a la orilla, siento que no pertenezco, que mis raices se perdieron en  el tiempo del engaño.

Es cruel, ¿verdad? Sentir que mi propia tierra me expulsa, que no hay un rincón donde pueda encontrar refugio sin que la precariedad me ahogue.

He luchado, o al menos eso creía. Pero ahora me doy cuenta de que mi lucha no ha sido más que un susurro contra el estruendo de las olas que me arrastran.

He trabajado sin descanso, pero mis manos, como redes rotas, nunca lograron sostener lo suficiente para vivir con dignidad.

He querido alzar la voz, pero cada intento ha sido como gritar en un viento fuerte que devuelve mis palabras vacías.

Me he sentido señalado incluso por los míos, como un árbol torcido al que todos miran con recelo.

Y, al final, también callé.

Bajé los brazos y me convertí en un barco a la deriva, sin timón ni rumbo.

Hoy me marcho con el corazón roto, como quien abandona un hogar que arde en llamas, incapaz de salvar lo que más ama.

Me llevo conmigo el peso de mis recuerdos, como piedras en una maleta que se hace cada vez más pesada.

Me marcho porque no veo otra salida, porque el vacío de empezar de nuevo parece menos cruel que la agonía de seguir aquí, viendo cómo mi tierra se desmorona mientras otros prosperan.

– Sí, me voy.

No sé si he dejado que me echen otros o si fui yo quien se apartó, sin ser consciente de las consecuencias.

Solo quería una vida sencilla, sentirme en casa entre mi gente, como un pájaro que encuentra refugio en su nido. Pero en algún momento bajé los brazos, como un jugador que abandona la partida antes de tiempo, y me ganaron con un majo y limpio.

Ahora miro atrás y la maleta pesa más que nunca, pesa mi historia, mi infancia, mis raíces.

El barco que me llevará lejos zarpará pronto, y debo ir al muelle, solo, cabizbajo.

Pero dentro de mí, una chispa se niega a apagarse. Una parte de mí se rebela, grita que esta no puede ser mi despedida.

Antes de embarcar, lo he pensado…

– ¡A la mierda! No me voy. Me quedo.

Me quedo con la cabeza alta, con el orgullo de ser parte de un pueblo que aún guarda en su pecho las semillas de la esperanza. No sé qué sucederá, pero no voy a rendirme.

No voy a entregar mi dignidad a quienes venden mi hogar como si fuera un trozo de tierra sin alma.

Voy a luchar por esta tierra , mi gente y por mí, nos lo debemos.

Abandono la queja y el lamento, la apatía y la resignación.

Voy a alzar la voz bien alta, como un volcán que despierta tras años de silencio, y voy a decir a los cuatro vientos, al mar y a los alisios: – ¡¡soy canario!!, estoy alzado, y aquí me quedo para luchar con los míos.

Voy a tender mis manos y construir el país que siempre soñamos.

Quiero ayudar a plantar semillas de conciencia, como quien siembra en un suelo fértil con la esperanza de que crezcan frondosos bosques.

No sé si será fácil, pero prefiero desgastar mis manos labrando un futuro que nos devuelva la dignidad a quedarme esperando, mirando cómo otros deciden por nosotros.

No, no me voy.

Me quedo con mi gente, con mi tierra, con mi historia.

Y juntos, alzaremos nuestras voces y haremos que estas islas vuelvan a ser un hogar de dignidad , de esperanza , de progreso y oportunidades para quienes aquí nacimos.

Tu hijo que te quiere , que ya no se rinde.

2 comentarios en “Carta de un canario: «Renacer en la esperanza»

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