10 de febrero de 2025
Traicionan nuestro futuro con su “modo canario” de vender nuestra tierra.

Señoras y señores, bienvenidos a Canarias, donde alquilar una vivienda cuesta la friolera de 1.200 euros al mes y el Gobierno sigue mirando para otro lado, como quien oye llover en un alisio flojo.

Fernando Clavijo y compañía se empeñan en vendernos la milonga de que están “trabajando en ello”, pero la realidad es que, bajo su mando, el mercado inmobiliario se ha convertido en un casino donde los únicos que ganan son los promotores y especuladores, mientras el pueblo sigue apostando a la ruleta rusa de buscar techo sin arruinarse.

Pero claro, ¿para qué buscar soluciones reales cuando el «modo canario de hacer política» consiste en reunirse, prometer, reunirse otra vez y, al final, aprobar medidas que sólo benefician a los de siempre?

¡Bravo! Sigamos con la construcción descontrolada, vendiendo suelo y viviendas al mejor postor mientras la gente de aquí se las ve y se las desea para pagar un alquiler que devora más de la mitad de su sueldo.

Y hablemos claro: ¿hasta cuándo vamos a seguir tragándonos el cuento de la “libertad de establecimiento” de la UE, esa que nos impusieron con la Plena Integración y que ha convertido nuestro derecho a la vivienda en un privilegio para extranjeros adinerados? ¿Hasta cuándo vamos a seguir condenados a ser inquilinos en nuestra propia tierra, mientras quienes gobiernan siguen de alfombra para los intereses de fuera?

Esto no es sostenible. O regulamos la residencia en Canarias y rompemos con este encorsetamiento impuesto por Bruselas, o seguiremos viendo cómo el Archipiélago se nos escapa de las manos.

No podemos seguir con la venda en los ojos, creyendo que los mismos que nos han traído hasta aquí van a sacarnos del agujero.

Es hora de despertar, de decir BASTA, de dejar de votar a quienes traicionan nuestro futuro con su “modo canario” de hacer negocio a costa nuestra.

Es hora de organizarse, de plantar cara políticamente y de apoyar a una alternativa real que defienda nuestro derecho a una vida digna. Porque si seguimos así, en vez de progresar, acabaremos en la misma situación que el acantilado de Famara: erosionados, desgastados y cayendo al vacío sin remedio.