Gran Canaria: un Cabildo convertido en Juego de Tronos
En el Cabildo de Gran Canaria no soplan vientos de progreso, sino tormentas de ambición. Allí no gobiernan, conspiran. No lideran, maniobran.
Y mientras tanto, los grancanarios soportamos el lamentable espectáculo de una institución secuestrada por Antonio Morales, Teodoro Sosa, Marino Alduán y García Brink, entre otros, que han hecho de este órgano insular su tablero personal de Juego de Tronos.
Pero aquí no hay honor ni estrategia magistral, solo codicia, traiciones y promesas vacías, como si el destino de Gran Canaria fuera un simple peón sacrificable en su patético juego de poder.
Todos ellos forman parte de Nueva Canarias, un partido que han dinamitado desde dentro y del que anuncian su salida en febrero, como quien abandona un barco después de hundirlo a propósito.
Hablan de irse del partido, pero no de sus cargos, porque claro, los sillones del Cabildo son mucho más cómodos que cualquier atisbo de dignidad.
¿Es esta la política que merecemos?
¿De verdad no existe una ley que saque a estos farsantes de la órbita pública?
No importa el pueblo, ni las necesidades de los grancanarios; aquí el único objetivo es mantenerse en el trono, a cualquier precio, aunque haya que dinamitar el bien común por el camino.
Si tuvieran un mínimo de coherencia, abandonarían sus cargos, formarían su nueva orgía política y se presentarían a las próximas elecciones, pero prefieren obligarnos a soportar su presencia mientras se aferran al poder como náufragos a un trozo de madera podrida , que les hagamos con dinero público su campaña y que el Cabildo sea su altavoz.
Hablan de municipalismo y nacionalismo como quien se llena la boca
de palabras vacías en un karaoke mal afinado.
Dicen tener un plan de país, pero su único plan es el de perpetuar su poder. De viabilidad, de mejorar la calidad de vida de los grancanarios, ni rastro. Y si alguna vez pronunciaron algo parecido, fue con el descaro de quien sabe que no tiene intención de cumplirlo.
Estos líderes, que deberían abanderar el progreso, han convertido el Cabildo en un barco a la deriva y a Gran Canaria una sombra de sí misma, toda una isla espejo que reluce a vista de satélite con su cartel de Ecoisla o Ecoatentado territorial.
Mientras la tripulación, los ciudadanos de Gran Canaria, luchamos por no naufragar en un océano de problemas reales —el paro, la vivienda, la precariedad— ellos se reparten los camarotes de lujo y discuten sobre quién se queda con el timón.
La ambición y la codicia son los motores de esta banda de cuatreros políticos.
¿Planes de futuro? Ni uno. ¿Proyectos para las personas? Tampoco.
Su único legado será un Cabildo secuestrado, convertido en un escenario para su espectáculo de vanidad y poder, mientras los grancanarios seguimos pagando la entrada sin que nadie nos pregunte si queremos ser espectadores de esta tragicomedia.
Si tuvieran algo de dignidad, dimitirían.
Pero la honestidad y la coherencia son virtudes que les quedan tan lejos como la ética en una telenovela de villanos.
Prefieren seguir ofreciendo su «patética canción» —esa oda al egoísmo, con letras de promesas incumplidas y una melodía de desvergüenza— antes que soltar las riendas de una institución que no les pertenece, sino al pueblo.
Gran Canaria no merece seguir siendo el escenario de sus miserias.
Es hora de que alguien apague las luces de este circo político y nos devuelva un Cabildo que esté al servicio de quienes, de verdad, lo necesitan, es decir, los ciudadanos.
Porque si seguimos esperando a que ellos cambien, lo único que conseguiremos será más espectáculo y menos futuro.









