El precio de ser la “joya de la corona turística”
Dicen que Canarias es la joya de la corona del turismo del Estado Español, pero, para quienes vivimos aquí, más parece que nos ha tocado ser las cuentas del collar, brillamos solo cuando se exhiben las cifras récord de visitantes, pero en el día a día nos arrastran como si fuéramos accesorios prescindibles.
El Gobierno de Fernando Clavijo, mientras tanto, actúa como un comerciante distraído, encantado de vender el oro isleño al mejor postor, pero incapaz de atender a quienes labran ese brillo con su esfuerzo diario.

Mientras los aviones cargados de turistas aterrizan sin cesar, el canario promedio lucha por pagar un alquiler que ya no puede permitirse.
¿La culpa? Una burbuja inmobiliaria inflada por el alquiler vacacional y la falta de regulación. Parecemos personajes de un sainete, vemos cómo nuestras casas se convierten en pisos de lujo para visitantes efímeros, mientras nosotros, los protagonistas de esta tierra, somos relegados al papel de figurantes.
Pero el Gobierno parece creer que «la culpa es del viento alisio» y sigue mirando hacia otro lado.
En el supermercado, los precios de los productos básicos parecen competir con los del mejor hotel. Y es que, para las grandes cadenas, nuestras estanterías también son un reclamo turístico.
¿Para qué mantener precios accesibles si pueden aprovechar la alta demanda estacional?
La situación es tan absurda que uno pensaría que vivimos en un parque temático donde los residentes son simples extras en el espectáculo.
¿Y el Gobierno? Bien, gracias, entretenido contando turistas en vez de controlar el abuso empresarial.
Por supuesto, no podemos olvidarnos de los salarios. Trabajar en el sector turístico es como jugar a la lotería: tienes la ilusión de prosperar, pero casi siempre acabas con las manos vacías.
Salarios bajos, jornadas eternas y condiciones precarias son la moneda corriente. Es irónico,vendemos «paraísos» al visitante mientras los trabajadores viven en un limbo laboral.
Clavijo y su equipo, que deberían actuar como árbitros en este juego desigual, parecen más interesados en aplaudir desde la grada.
El agua, la energía y hasta nuestras carreteras están al borde del colapso, como una cuerda demasiado tensa que amenaza con romperse.
El turismo masivo consume recursos como un comensal voraz en un buffet libre, dejando a los residentes con las migajas.
Pero, ¿cuál es la solución del Gobierno? Ninguna. Se limitan a repartir servilletas mientras ignoran que el plato principal ya se ha agotado.
Y, como guinda del pastel, tenemos la turistificación de barrios y municipios, donde los vecinos ya no reconocen sus propios espacios.Es como si nos hubieran vendido el decorado de nuestra película a un productor extranjero, dejando al canario fuera de escena.
El discurso oficial sobre el “motor económico”
se desvanece cuando miles de familias no llegan a fin de mes.

Por si fuera poco, hemos perdido algo que no tiene precio: la conexión con nuestra cultura y nuestro entorno. Barrios y pueblos, transformados en decorados turísticos, ya no son lo que eran.
La identidad local queda relegada a un elemento folclórico para las postales, mientras los residentes se convierten en una minoría desplazada en su propia tierra.
Mientras tanto, Clavijo sigue interpretando su papel de anfitrión perfecto, sin darse cuenta de que, en este juego, el anfitrión es quien paga la cuenta.
Señor Clavijo, gobernar no es servir cócteles a los turistas mientras los isleños cargan con la resaca.
Es hora de dejar de mirar las estadísticas de visitantes como si fueran medallas y empezar a atender las necesidades de quienes viven aquí.
Porque, si no lo hace, esta joya llamada Canarias acabará convirtiéndose en una baratija desgastada, brillante por fuera pero vacía por dentro.
Priorizar los intereses de los grandes operadores turísticos por encima de las necesidades de la población es un error histórico que perpetúa las desigualdades.
Canarias no puede seguir siendo un escaparate turístico vacío para el visitante
mientras la vida de sus residentes se degrada.
Es hora de cambiar el rumbo, de apostar por un modelo sostenible que ponga a las personas en el centro. Porque un paraíso que solo existe para los turistas no es un paraíso, es un espejismo. Y los espejismos no se habitan; se sufren.


