Parece que en algún rincón del Atlántico se nos hundió la dignidad, tal vez junto a los galeones que cargaban las riquezas de esta tierra para enriquecer a otros.
Porque, seamos honestos, el canario de hoy ha convertido la sumisión en un arte, la indiferencia en virtud y el «que lo resuelvan otros» en su lema de vida.
Somos el pueblo del «no se puede«, del «a ver si alguien hace algo«, del «mejor no meterse en líos«.
¿Qué nos ha pasado? ¿Cuándo dejamos de ser una sociedad para convertirnos en un club de espectadores, cómodos en nuestra silla mientras otros deciden por nosotros?
Nos comportamos como niños que esperan a que mamá y papá (es decir, Madrid, Bruselas o el todopoderoso turismo) nos resuelvan la vida. Dominamos el arte de mirar para otro lado.
Aquí somos expertos en esquivar responsabilidades. “Es que Madrid no nos da lo que merecemos.”, “Es que los europeos nos ven como una colonia exótica.”
¿Y tú, qué haces al respecto? Ah, claro, quejarte en un grupo de WhatsApp, en redes sociales,
,en la barra del bar o sentado en una terraza con colegas.
Mientras tanto, seguimos aceptando que otros nos dicten las reglas, porque enfrentarse a ellos requeriría valor. Y el valor, al parecer, lo dejamos guardado en la cueva de Bencomo.
Es irónico, sí, porque somos la tierra de menceyes y guanartemes, de valientes guerreros que lucharon con palos y piedras contra el invasor, pero hoy no somos capaces ni de alzar la voz en una reunión comunitaria o de vecinos del edificio.
Somos, en el mejor de los casos, un eco apagado de quienes alguna vez entendieron que la dignidad no se regala, se pelea.
Vivimos esperando milagros,es el espejismo del «que venga alguien».
Que si «el Gobierno nos tiene que ayudar», que si «la Unión Europea nos tiene que proteger», que si «los turistas nos salvarán con su dinero».Pero, ¿qué hacemos nosotros para salvarnos? Nada.
Seguimos sentados en la grada del terrero, esperando a que llegue un luchador de fuera a fajarse por nosotros, porque ensuciarnos de arena es demasiado esfuerzo. Hemos convertido la inacción en nuestra filosofía.
Nos encanta criticar al Cabildo, al Gobierno, a Europa y hasta a los turistas, pero somos incapaces de mirarnos al espejo y preguntarnos:
¿qué he hecho yo para cambiar algo? Ah, claro, que eso da pereza.
Mejor echarle la culpa al de al lado y seguir esperando un maná que nunca llega. La sociedad canaria se parece a una oveja que ha olvidado que alguna vez tuvo dientes y podía morder.
Aceptamos mansamente lo que nos echen, ya sea un trabajo precario, un alquiler impagable o una tierra vendida al mejor postor. Nos conformamos con migajas, siempre que nos las sirvan con una sonrisa y un aplauso turístico.
Nos quejamos de que los extranjeros compran nuestras casas, pero somos nosotros quienes las vendemos y tampoco movemos un dedo para cambiar leyes ni defender nuestro suelo.
Nos indignamos por la pobreza y el desempleo, pero votamos una y otra vez a los mismos que perpetúan el problema. Es como si estuviéramos encantados de vivir en el desastre, siempre y cuando podamos culpar a alguien más.
Nos gusta ser víctimas, encontrar excusas es más sencillo que madurar
y hacerse responsable del propio destino.
Y detrás de todo esto está el miedo. El canario tiene miedo a levantarse, a tomar las riendas, a fajarse y llenarse de arena en la luchada por su futuro. Porque luchar significa riesgo, esfuerzo y, sobre todo, enfrentarse a la posibilidad de fallar.
Y aquí preferimos no intentar nada antes que enfrentarnos al fracaso.
¿Dónde quedó nuestra dignidad?
Hace siglos, nuestros ancestros pelearon por esta tierra, sabiendo que probablemente perderían. Pero pelearon. Hoy, ¿qué hacemos nosotros? Bajamos la cabeza. Cedemos el terreno.
Dejamos que otros decidan por nosotros, como si no tuviéramos derecho a opinar. Es más cómodo, sí, pero también es patético.
Es hora de despertar. Si el canario quiere un futuro digno, tendrá que salir de su letargo. Dejar de ser espectador y bajar al terrero, aunque eso signifique sudar, caer y levantarse con la cara llena de arena.
Porque si seguimos delegando nuestra autoestima y nuestro destino en manos ajenas, no nos quedará ni tierra ni futuro.
Es hora de sacudirnos la pereza y la cobardía. O eso, o aceptamos lo que somos, un pueblo que un día tuvo dignidad, pero que ahora vive del recuerdo de lo que pudo haber sido, no es , ni nunca será por cobardía.