En Canarias, la transición energética se nos vende como un salvavidas en la lucha contra el cambio climático. Sin embargo, la realidad dista mucho de ser tan noble como nos la presentan.
Lo que debería ser una oportunidad para construir un modelo energético basado en la sostenibilidad y el respeto al territorio, se ha convertido en un patio de recreo para empresas que ven en nuestras islas un filón económico.
Todo ello, con la complicidad del Gobierno de Canarias y bajo la coartada del “interés general” o “estratégico”. Pero, ¿estratégico para quién?
El problema no es la apuesta por las energías renovables, sino cómo se está llevando a cabo.
¿Dónde están los estudios que determinen con precisión nuestras necesidades energéticas reales? ¿Por qué no se impulsa primero el autoconsumo y la autogeneración energética?
Estas medidas permitirían que las familias y comunidades canarias tomaran el control de su propia energía, avanzando hacia una soberanía energética real. Pero no, aquí todo parece ir en la dirección opuesta: priorizar grandes infraestructuras controladas por inversores externos o locales que solo buscan su pedazo de la tarta.
Como ejemplo, las plantas solares y parques eólicos que proliferan como setas en suelos agrícolas, protegidos o rústicos. ¿Es este el modelo que necesitamos? Mientras se nos predica sobre sostenibilidad, el territorio se pone al servicio de un negocio que nada tiene que ver con la lucha contra el cambio climático. Es pura especulación.
La tierra que debería estar produciendo alimentos o preservando nuestra biodiversidad se sacrifica para alimentar un sistema energético en manos de unos pocos.
Si el turismo ya ha generado una presión desmedida sobre el territorio, la energía viene a rematar la faena. Es como si, tras habernos subido a una montaña rusa de crecimiento descontrolado, nos lanzaran de cabeza al abismo. Las decisiones se toman sin contar con la ciudadanía, sin transparencia, y dejando claro que las reglas del juego las imponen los de siempre,aquellos con intereses económicos por encima de todo.

No somos el tren de Glasgow, ese icono de la industrialización que avanzaba imparable sin mirar atrás. Canarias no puede permitirse ese modelo. Aquí no estamos construyendo un futuro sostenible; estamos hipotecando nuestro territorio en nombre de un supuesto interés general que ni se define ni se justifica.
¿Hasta cuándo vamos a permitir este atropello?
Si realmente queremos luchar contra el cambio climático y garantizar un modelo energético sostenible, hay que empezar por devolver el poder a las personas. Apostar por el autoconsumo, impulsar comunidades energéticas ciudadanas, proteger nuestro territorio y exigir transparencia en cada decisión.
De lo contrario, la transición energética en Canarias será poco más que un espejismo, un negocio redondo para unos pocos mientras la mayoría paga las consecuencias.

¿Es eso lo que queremos? ¿O vamos a exigir que se respete lo que es nuestro?
La respuesta, como siempre, está en nuestras manos.


