Del monocultivo turístico sin freno a descubrir ahora, milagrosamente, la “capacidad de carga”
Hay políticos que siempre llegan tarde aunque tengan el bonoguagua. Y luego está Mario Cabrera, que llega cuando ya no queda sitio.
Después de décadas empujando Fuerteventura hacia el monocultivo turístico más salvaje, el mismo que ha inflado precios, expulsado población y destrozado territorio, ahora aparece con cara de descubridor proponiendo “estudiar la capacidad de carga” de las islas. Tiene su gracia. O tendría, si no fuera trágico.
El responsable político que ha gobernado, cogobernado o condicionado las decisiones estratégicas de Fuerteventura durante años, hoy se presenta como si acabara de bajar de la guagua. Como si no supiera nada. Como si el desastre hubiera ocurrido solo, por generación espontánea, sin firmas, sin licencias y sin alfombras rojas al capital hotelero.
Mario Cabrera no es un observador del problema. Es uno de sus arquitectos.
Durante años, desde las instituciones canarias y bajo las siglas de , ha defendido sin matices el turismo como única religión económica posible. Todo al turismo. Todo al cemento. Todo al crecimiento. Como si Fuerteventura fuera una finca infinita y no una isla con límites físicos, sociales y humanos.
El resultado está a la vista.
Una isla partida en dos.
Trabajadores pobres sosteniendo hoteles de lujo.
Viviendas convertidas en activos financieros.
Servicios públicos desbordados.
Territorio vendido a cachos, como un animal despiezado en el mostrador.
Y ahora, cuando la calle protesta, cuando la gente se manifiesta, cuando el hartazgo social ya no cabe en una pancarta, el señor Cabrera decide copiar el discurso. No para asumir responsabilidades, sino para blanquear su pasado y ofrecerse como parte de la solución a un problema que él ayudó a crear.
Es el viejo truco del pirómano que aparece con un cubo de agua cuando el incendio ya arrasó la casa.
Hablar ahora de “capacidad de carga” después de haber promovido durante años el crecimiento ilimitado es como ponerse casco cuando ya te cayó el techo encima. No engaña a nadie. Ni siquiera a él mismo.
Porque si realmente le hubiera preocupado la capacidad de carga, habría hablado cuando se aprobaban camas turísticas sin control, cuando se miraba para otro lado ante la saturación hídrica, cuando se ignoraba el colapso de carreteras, sanidad y vivienda. Pero entonces no tocaba. Entonces había negocio. Entonces había socios.
El socio empresarial hotelero siempre fue cómodo.
El socio social, nunca interesó.
Ahora se visten con palabras que no les pertenecen. Palabras que nacieron en la calle, en la queja social, en la indignación de una población cansada de ser mano de obra barata en su propia isla. Y las usan como maquillaje político. Como quien se pone crema después de años de quemar al sol.
Fuerteventura no necesita estudios tardíos.
Necesita asumir responsabilidades.
Necesita cambiar el modelo, no reciclar discursos.
Necesita dirigentes con dignidad, no gestores del desastre reconvertidos en comentaristas del colapso.
Mario Cabrera y su equipo no son víctimas de lo que ocurre en Fuerteventura. Son corresponsables. De la precariedad, de la expulsión residencial, del agotamiento territorial y de haber apostado todo a una sola carta como si no existieran alternativas económicas posibles.
Cuando alguien que ha vendido la isla por piezas empieza a hablar de límites, lo mínimo que puede hacer es pedir perdón. Lo segundo, apartarse. Y lo tercero, dejar de insultar la inteligencia colectiva fingiendo que acaba de descubrir lo evidente.
La capacidad de carga no se estudia cuando el barco ya hace agua.
Se respeta antes de zarpar.
Café cargado. Sin azúcar.
Y que no nos vendan como novedad lo que negaron durante años.