«Somos extranjeros en nuestra propia casa»
Canarias, ese archipiélago que flota entre el olvido y el saqueo, suma otros 25.738 habitantes en un año. Ahora somos 2.238.754 almas apretadas como sardinas en una lata que hace tiempo está abollada. ¿Y quiénes protagonizan este tsunami demográfico?
Mientras los canarios, agotados por la precariedad, apenas nos reproducimos al ritmo del 0,57%, la población extranjera crece un 4,71%, aportando 14.829 nuevos habitantes.
Un incremento que ya no cabe en nuestras carreteras, ni en los hospitales, ni en los alquileres.
Esto no es un simple dato del INE, es una cuenta atrás para nuestro colapso.
Visualicemos a Canarias como un pequeño globo inflado sin descanso. Las manos que deberían sujetarlo están ocupadas aplaudiendo a Bruselas y Madrid, mientras el globo se acerca peligrosamente al estallido.
La explosión, por cierto, no les preocupa pues las esquirlas solo nos alcanzarán a nosotros.
¿Quién se beneficia de este suicidio colectivo? No es difícil imaginarlo, son las mismas élites políticas y económicas que convierten a Canarias en un paraíso fiscal para forasteros y un infierno laboral para sus propios hijos.
Porque este crecimiento no es progreso, es un mal negocio con destinatarios bien claros: ellos.
Canarias, es el felpudo dorado de Europa.
Somos el rincón olvidado y codiciado, a su vez, donde los principios sagrados de la Unión Europea —libre circulación y establecimiento, libre movimiento de capitales — se aplican porque España no quiso, ni quiere contemplar excepcionalidades para Canarias dentro de la Unión Europea¿Por qué nosotros somos la alfombra en la que limpian sus botas y a su vez nos toca limpiarlas?
Pero aquí, en este archipiélago fragmentado y desbordado, seguimos siendo los «insignificantes del sur«, un apéndice soleado donde todo vale.
¿Qué somos para Europa? Un zoo tropical, un retiro dorado para sus jubilados privilegiados, mientras nosotros peleamos por sobrevivir.

España: ausente, como siempre. Ni está, ni se le espera. Salvo para obtener beneificios
Y qué decir del Estado español, ese padre ausente que prefiere ignorar nuestras nuestra realidad. Ni siquiera se esfuerzan en esconder el abandono.
Para ellos somos ciudadanos de cuarta, un espacio de sol y playas donde hacer negocios, ahora con la energía también. Somos meras piezas sacrificables en el tablero de intereses de un país que nunca nos ha mirado como iguales.
Nos tratan como un archipiélago sin alma y sin derechos, donde se expulsa al canario de su tierra con alquileres inasequibles, trabajos de miseria y una sanidad que es poco más que un chiste cruel.
¿Dónde están las medidas excepcionales? Ah, claro, esas son para los territorios «importantes».
¿Hasta cuándo vamos a soportarlo?

Esta no es una cuestión de números ni de gráficos, es una cuestión de dignidad.
Si seguimos permitiendo que esta tierra se convierta en un escaparate de saldo,
un juguete para los poderosos, pronto no quedará ni un pedazo de Canarias que podamos llamar hogar.
Así que, a nuestros gobernantes, que dejen de ser cómplices del saqueo. A Bruselas, que corten un poco y dejen de asfixiarnos con normas diseñadas para el continente.
Y a España, que hable claro. si no quieren cuidar de esta tierra y de su gente, díganlo de frente y sin rodeos.
Porque, si de algo estamos seguros, es de que Canarias no es España .
Cuando les conviene sí lo es y cuando cuando toca pagar el precio a los de aquí, también. Para el resto de cuestiones , los canrios no contamos, estamos silenciados y nuestra voz ni se escucha. Pero eso es otro cantar.
Canarias no es un hotel, ni un paraíso fiscal, ni un patio trasero. Es nuestro hogar. Y este pueblo, que lleva demasiado tiempo dormido, no está dispuesto a seguir callando mientras lo destruyen.
¿Hasta cuándo vamos a soportarlo? Quizá, hasta que miremos alrededor y nos demos cuenta de que somos extranjeros en nuestra propia casa. Pero para entonces, puede que ya sea demasiado tarde.


