Sostenibilidad: el cuento chino de la política canaria

En el Archipiélago Canario, la palabra sostenibilidad se ha convertido en un mantra vacío, repetido hasta el cansancio por políticos que, en su mayoría, ni entienden ni les importa el verdadero significado del término. En sus labios, esta palabra mágica parece tener la capacidad de justificar cualquier desmán: más camas turísticas, más puertos innecesarios, más carreteras atravesando espacios naturales protegidos y más promociones inmobiliarias sobre suelo rústico. Eso sí, todo “sostenible”, claro está.

La sostenibilidad implica equilibrio, es decir, preservar los recursos y las características del entorno para garantizar que las generaciones futuras puedan disfrutar de ellos, mientras se genera progreso económico y bienestar social. En Canarias, esta definición se ha traducido en algo muy diferente. Se trata de mantener el equilibrio de siempre, pero entre el cemento, el asfalto y las campañas de marketing político y el clientelismo político empresarial de unos pocos

El Archipiélago es un laboratorio del absurdo

¿Sostenibilidad en un territorio fragmentado, limitado, sobreexplotado y al borde del colapso demográfico?

La ironía alcanza niveles obscenos cuando uno observa las decisiones de quienes gobiernan. En un lugar donde el agua es escasa, los políticos llenan las islas de campos de golf y urbanizaciones con piscinas privadas. En un archipiélago que depende en un 90% de la importación de alimentos, se sigue destruyendo el suelo agrícola para construir más viviendas “vacacionales”.

La sostenibilidad, para la clase política, es algo que se mide en notas de prensa y titulares. «Hemos plantado mil árboles», declaran sonrientes, mientras aprueban proyectos que destrozan un barranco entero o emiten permisos para la construcción de complejos turísticos en zonas donde ni siquiera existe capacidad para abastecer de agua o electricidad.

El precio canario de la sumisión

A esta farsa de sostenibilidad se suma la completa dependencia de Canarias respecto al Estado español y la Unión Europea, organismos que toman decisiones sin conocer —y menos aún respetar— las particularidades del territorio. En Madrid o Bruselas, Canarias es poco más que un destino turístico de sol y playa, un sitio remoto que puede absorber turistas como si fuera una esponja infinita, ignorando que aquí el territorio y los recursos son limitados. Pero no deja de ser lugar para buenos negocios y lograr recursos fáciles con el cuento chino de ser los salvadores de nuestra existencia.

El estatus de Región Ultraperiférica (RUP) no solo no protege a Canarias, sino que condiciona nuestras políticas y prohíbe soluciones adaptadas a nuestra realidad. No podemos limitar la venta de viviendas a extranjeros, ni decidir cuántos turistas es razonable recibir al año. Somos rehenes del mercado único impuesto por la Unión Europea, mientras el coste real —en calidad de vida, en presión sobre los recursos y en pérdida de identidad— lo pagamos quienes vivimos aquí.

¿Dónde está el progreso real? ¿Para quienes se gobierna?

La ausencia de una verdadera política sostenible condena a Canarias a un modelo agotado: más turismo, más precariedad laboral, más dependencia del exterior y más destrucción del entorno. Mientras tanto, el progreso humano y económico sigue siendo una quimera. Sin políticas que prioricen la diversificación económica, la recuperación del sector primario, la inversión en tecnología y el aprovechamiento racional del territorio, el futuro es cualquier cosa menos sostenible.

El verdadero concepto de sostenibilidad está ausente de la política canaria porque implica tomar decisiones incómodas: limitar, regular, decir «no» al desarrollo descontrolado, enfrentarse a intereses económicos y asumir una posición firme ante Madrid y Bruselas. Pero es más fácil posar para la foto con el discurso vacío de siempre que asumir la responsabilidad de construir un futuro en equilibrio.

El tiempo se agota y la paciencia también

Canarias necesita urgentemente una visión propia, diferenciada, que garantice el equilibrio entre progreso económico y conservación del territorio. Esta visión no vendrá de quienes hoy usan la sostenibilidad como una palabra hueca para seguir llenando sus bolsillos y los de sus amigos. Mientras no exijamos rendición de cuentas y un cambio radical en las políticas, la sostenibilidad seguirá siendo el chiste amargo de cada legislatura. Y nosotros, los canarios, seguiremos pagando el precio de esta farsa con nuestro territorio, nuestra identidad y nuestro futuro.

¿Hasta cuándo vamos a seguir tragándonos esta mentira?

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