Los “renovadores” de toda la vida. Quítate tú pa ponerme yo.

Hay una raza política que nunca se extingue, la de los autodenominados «renovadores» que llevan treinta años apoltronados en el cargo. Como el vino peleón en botella nueva, se venden como el soplo de aire fresco que la política necesita, pero en realidad huelen a despacho rancio, a dietas generosas y a promesas que caducaron antes de ser pronunciadas.

En Canarias, tenemos un máster en soportar a esta fauna política que, lejos de renovarse, se perpetúa con una habilidad digna de un documental de supervivencia extrema.

Teodoro Sosa y su banda de descontentos han decidido que ya es hora de cambiar… de siglas. Porque el problema, según ellos, no es haber participado durante décadas en el mismo tinglado, ni haber gestionado con la misma falta de visión, ni haber sostenido con su presencia todo aquello que ahora critican.

No, el problema es que otros no les han dejado mandar más. Así que, en lugar de aceptar la jubilación política que tanto necesita el archipiélago, han decidido fundar otro partido.

¿Para qué? Para seguir haciendo exactamente lo mismo, pero con otro nombre.

Dicen buscar la “renovación”, pero lo que realmente buscan es lo de siempre, seguir en el poder, alimentar la maquinaria de clientelismo que los mantiene, y que los estómagos agradecidos de turno no se queden sin su ración de contratos, cargos y prebendas.

Porque la política, para estos personajes, no es un medio para mejorar la vida de la gente; es un fin en sí mismo, una profesión vitalicia, una erótica del poder que los seduce más que cualquier ideal de país, de isla o de municipio.

No tienen proyecto político, no tienen visión de futuro, no tienen ni una sola idea que no pase por mantener su estatus. Son los eternos aspirantes a gobernar lo que sea, con quien sea, y bajo cualquier bandera que les garantice seguir ahí.

Nueva Canarias se resquebraja y lo único que nos ofrecen sus exmiembros es la multiplicación de siglas para dividir más lo que ya estaba fragmentado.

No se van para construir algo nuevo, se van porque quieren seguir jugando a ser imprescindibles. Pero que no se engañen: a estas alturas, su discurso suena tan gastado como sus rostros en los carteles electorales.

No representan la regeneración, representan la política convertida en un fin egoísta, en un instrumento de supervivencia personal.

Y Canarias, con los retos que tiene por delante, no necesita más de lo mismo con diferente disfraz.