Hay cuentos chinos sofisticados y luego está el “Decreto Canarias”. Un producto de marketing político envuelto en papel institucional para vendernos que, de repente, al poder autonómico le ha entrado un ataque de autogobierno. Casualidades de la vida. O de la agenda.
El relato es sencillo, casi infantil. Fernando Clavijo aparece con gesto grave, pide dinero, levanta la ceja y nos dice que ahora sí, que esta vez va en serio, que Canarias necesita más herramientas. Lo curioso es que la herramienta favorita siempre es la misma, la carta al Estado pidiendo fondos.

Autogobierno entendido como transferencia bancaria. Proyecto de país reducido a un Excel de subvenciones. Crear riqueza, diversificar economía, disputar poder real… eso lo dejamos para otro mandato. O para otro que tenga la valentía de plantearlo.
Mientras tanto, el “decreto” hace su trabajo. Ocupa titulares, genera sensación de movimiento y permite posar de estadista sin tocar ni una coma de lo que de verdad condiciona la vida de la gente canaria. Ni fiscalidad propia con capacidad real, ni control económico, ni modelo productivo nuevo. Mucho gesto, poco pulso. El autogobierno como eslogan. El progreso como promesa aplazada.
A la fiesta se suma Teodoro Sosa, bajándose del avión con chaqueta canaria recién planchada. Nos dice que ahora sí, que va a defender Canarias como nadie, mosquetero municipalista dispuesto a batirse por el Archipiélago. El problema no es el discurso épico, es el abrazo posterior. El abrazo con Clavijo no es cordialidad institucional. Es foto de intenciones. Escalar en la cómoda escala del poder medianero, ese donde se vive bien sin incomodar demasiado a nadie.
La trayectoria es conocida. Del progresismo de ocasión al conservadurismo práctico hay solo un cargo de diferencia. Se cambia el tono, se suaviza el mensaje y se asume el papel de aliado amable de la marca blanca del PP en Canarias.
Todo sea por no molestar al poder económico, por no señalar al verdadero reparto de cartas, por no tocar intereses. Mucho “defender Canarias” y poco “poner en jaque a quien decide”.

El guion se repite. Se pide dinero, se llora cuando no llega lo suficiente y se vende el enfado como valentía política. Pero a la hora de discutir quién crea la riqueza, quién se la queda y por qué Canarias sigue sin oportunidades reales para su gente, silencio administrativo. El decreto no cuestiona nada. Solo administra la queja.
Lo más llamativo no es la incoherencia. Es la normalización del teatro. Políticos que llevan décadas viviendo de lo público, reciclándose ideológicamente según sople el viento, presentándose como salvadores sin haber cambiado jamás las reglas del juego. Autogobierno de boquilla, dependencia en la práctica.
Canarias no necesita más cartas al Estado ni más decretos de cartón piedra. Necesita dirigentes dispuestos a incomodar al poder real, a hablar de soberanía económica sin pedir perdón y a asumir que el progreso no cae del cielo en forma de transferencia. Pero eso exige algo que no cabe en una campaña de marketing: coraje.
Y de eso, por ahora, el Decreto Canarias anda bastante justo. Café cargado. Sin azúcar.