Coalición Canaria (CC) lleva años navegando a la deriva, como un barco que ha perdido el timón y solo sigue la corriente que más le conviene.
Lo que antaño se presentó como un baluarte del nacionalismo canario ha terminado convertido en una parodia, sí, una suerte de «casa común» para el españolismo disfrazado, que se arrodilla ante la corona y se abraza sin pudor al Partido Popular (PP), actuando como su fiel marca blanca al más puro estilo de la Unión del Pueblo Navarro (UPN).
La muestra más evidente es la incorporación de Juan José Cardona , ex Alcalde de LPGC con el PP , que ha perdido hasta la vergüenza.
Hoy, CC no es más que un decorado de cartón, con paredes pintadas de nacionalismo y cimientos levantados sobre el clientelismo empresarial.
Su obsesión no es Canarias, sino conservar el poder a cualquier precio. Hablar de “obediencia canaria” en sus filas suena tan creíble como un vendedor de paraguas en pleno desierto.
Intentan vender su próximo congreso insular de Gran Canaria como el renacimiento del nacionalismo canario, pero lo que realmente ofrecen es un refugio para oportunistas.
Prometen una “casa común”, pero esta más bien parece un albergue improvisado donde las puertas se abren al mejor postor.

¿Qué tipo de hogar es éste, más interesado en sumar huéspedes descontentos de Nueva Canarias (NC) que en resolver las grietas estructurales de las islas?
La metáfora es clara, CC no es una casa sólida, sino un castillo de arena que se desmorona al primer embate de las olas. Su discurso vacío no es más que el eco de décadas de mala gestión.
Mientras ellos juegan a ser arquitectos de un supuesto “proyecto nacionalista”, las consecuencias de su legado pesan como una losa sobre el Archipiélago con pobreza estructural, desempleo crónico, una crisis habitacional insoportable y la dependencia total de un modelo económico que ellos mismos consolidaron.
Ahora, CC intenta presentarse como un salvador, pero ¿cómo confiar en quienes han sido responsables directos del deterioro de las islas?
Abrir las puertas a los “renovadores” de NC no es más que otro acto desesperado para maquillar su decadencia y seguir prolongando su control.
Hablar de “nacionalismo” desde CC es como escuchar a un pirómano dando consejos de prevención de incendios.
Su nacionalismo no es más que una bandera que cambian según sople el viento. Cuando están en Canarias, presumen de “obediencia canaria”.
Cuando están en Madrid, eligen alinearse con el PP y plegarse a los intereses de la capital.

No hay coherencia, solo conveniencia. CC no representa un nacionalismo comprometido, sino un camaleón político que se adapta al entorno para sobrevivir.
Porque, ¿qué puede haber de nacionalista en una formación que no duda en subordinar las necesidades del Archipiélago a las prioridades del Gobierno central?
En lugar de ser un pilar para Canarias, CC ha sido un puente para que los intereses de otros se instalen cómodamente en las islas.
El legado de CC no es una Canarias más fuerte, más unida ni más próspera. Es una Canarias fracturada, con jóvenes que emigran en busca de oportunidades, con trabajadores que apenas llegan a fin de mes y con familias que ven cómo el acceso a una vivienda digna se convierte en una quimera.
¿Es esta la “casa común” que prometen?
Más bien parece un desván lleno de trastos viejos, donde se acumulan décadas de malas decisiones y promesas incumplidas.
No es casualidad que los problemas actuales de Canarias —desde la precariedad laboral hasta la crisis habitacional— sean el resultado directo de las políticas de CC durante sus años al frente del Gobierno autonómico.
Su gestión no fue un plan de futuro para el Archipiélago, sino una serie de parches improvisados que ahora se caen a pedazos.
Que CC intente ahora reinventarse y lavar su imagen no deja de ser una maniobra desesperada. Sus congresos insulares no son más que obras teatrales para convencer a los crédulos de que tienen un plan.
Pero, detrás de las cortinas, todo sigue igual: una formación obsesionada con el poder, incapaz de asumir su responsabilidad en el deterioro de las islas.

Hablan de abrir puertas, pero no para construir una Canarias mejor, sino para asegurarse de que nadie desmonte su statu quo.
Pretenden ser el refugio del nacionalismo, pero su verdadero objetivo es seguir como inquilinos privilegiados en la casa del poder para servir a sus amos de los lobbies empresariales con políticas de regadía económico a placer de unos y otros.
La realidad es que CC hace tiempo que dejó de ser una casa para el nacionalismo canario. Lo que prometía ser un hogar sólido y acogedor se ha convertido en una mansión de papel, diseñada para beneficiar a unos pocos mientras las islas se desmoronan.
Su supuesto resurgir no es más que una pintura barata sobre una pared agrietada.
Allá los ingenuos que compren este discurso.
La verdadera casa común del nacionalismo canario no puede construirse con los materiales defectuosos de Coalición Canaria y ex de Nueva (Vieja)Canarias.
Habrá que buscar otros arquitectos, otros planos y otros cimientos.
Porque, si algo está claro, es que CC no es el futuro de Canarias; es un recuerdo del pasado que pesa demasiado sobre el presente.