12 de febrero de 2025

De luchadas a likes: el ocaso del ingenio isleño

De luchadas a likes: el ocaso del ingenio isleño

En el Archipiélago Canario, donde antes los niños jugaban al clavo en la playa o se lanzaban a piola bajo el sol abrasador, ahora solo queda el brillo frío de las pantallas.

La tecnología, ese dios moderno que todo lo promete y todo lo devora, ha convertido nuestra creatividad en un souvenir digital.

¿Dónde quedaron las luchadas en la arena? ¿Qué fue del ingenio que nacía del aburrimiento?

Ahora, en lugar de construir castillos de arena con las manos, construimos perfiles en redes sociales con el dedo.

De luchadas a likes: el ocaso del ingenio isleño

Antes, un palo era una espada y una piedra, un tesoro. Hoy, un niño sin Tablet es visto casi como un náufrago sin salvavidas.

Nos hemos rendido ante la comodidad tecnológica y hemos cambiado la magia de inventar por el algoritmo que nos dice qué ver, qué jugar y hasta qué pensar.

En lugar de enseñarles a nuestros hijos a buscar soluciones creativas en un territorio fragmentado y rodeado de mar —donde cada isla es una lección sobre cómo convertir límites en posibilidades—, les entregamos dispositivos que los aíslan aún más. Ironías del progreso.

Las aulas canarias se llenan de tabletas y pizarras digitales mientras los patios escolares languidecen .

Nos venden el futuro envuelto en proyectos STEAM y gafas de realidad virtual, pero olvidamos que la creatividad no se programa ni se imprime; se vive.

Antes bastaba con unos boliches para desatar horas de risas y estrategias o pasar la tarde diseñando un carricoche con ruedas a base de cojinetes; ahora necesitamos Wi-Fi para entretenernos.

¿Y qué hay de los juegos tradicionales? Actividades que no solo entretenían,

sino que enseñaban a convivir con nuestro entorno, a entenderlo y respetarlo.

Eran lecciones prácticas de supervivencia en un territorio limitado por el mar, pero abierto al infinito del horizonte. Ahora, esos juegos son reliquias folclóricas relegadas a festivales puntuales o museos etnográficos.

Mientras tanto, nuestros niños aprenden más sobre Minecraft que sobre cómo plantar una tabaiba o hacer el salto del pastor, una luchada, el juego del palo canario ….

El mar como metáfora entre barrotes y horizontes

Vivir en una isla es vivir entre dos realidades por un lado,  los barrotes del aislamiento y  por otro, la promesa infinita del horizonte.

Esa dualidad nos ha dado siempre una creatividad única;

hemos aprendido a hacer hogar incluso en la limitación territorial.

Pero esa chispa isleña se apaga cuando dejamos que las pantallas dicten cómo pensamos y sentimos. La tecnología no solo nos roba tiempo; nos roba nuestra capacidad de imaginar más allá de lo evidente.

Las Islas Canarias han sido históricamente un ejemplo de resiliencia creativa: desde los antiguos aborígenes que domesticaron el terreno volcánico hasta los pescadores que convirtieron el océano en su despensa.

Pero hoy parece que hemos olvidado esa herencia. Si seguimos entregando móviles a nuestros hijos antes que una cuerda para saltar o un palo para jugar o un clavo para jugar en la arena, estaremos criando generaciones incapaces de ver más allá del marco luminoso de una pantalla.

Recuperemos la arena antes de que sea tarde

Es hora de recuperar lo nuestro: los juegos tradicionales, el contacto con la naturaleza, el arte de entretenerse creando algo desde cero. Porque si seguimos así, Canarias será un paraíso tecnológico… pero vacío de alma.

No necesitamos más apps ni gadgets; necesitamos volver a mancharnos las manos con arena y salitre, a inventar historias bajo las estrellas sin necesidad de filtros ni hashtags.

Que las olas vuelvan a ser nuestro lienzo y no solo un fondo de pantalla. Que los niños vuelvan a saltar a piola en lugar de deslizar el dedo por TikTok.

Porque si algo nos enseña vivir rodeados por el Atlántico es que siempre hay algo más allá del horizonte… pero solo si somos capaces de imaginarlo primero.