En Canarias, la educación universitaria ha alcanzado un nivel de descomposición digno de un episodio de The Walking Dead. No es que las universidades sean espacios de efervescencia intelectual, centros de vanguardia o motores de cambio social.
No. Aquí, bajo el régimen de Fernando Clavijo, las universidades se gestionan con la precisión quirúrgica de un taxidermista político: lo justo para que parezcan vivas, pero sin que puedan moverse demasiado.

La realidad es que nuestras universidades no agonizan, como algunos sugieren. Agonizar implicaría que hay resistencia, que luchan por sobrevivir.
Lo que tenemos es otra cosa, son centros que deberían iluminar el futuro de Canarias, pero que han sido convertidos en mausoleos burocráticos, donde el conocimiento se mantiene bajo control y la investigación sobrevive a base de migajas.
La gran receta es financia poco, controla mucho
Clavijo ha perfeccionado una estrategia que combina lo peor del caciquismo con lo más rancio de la política clientela, financiar lo mínimo indispensable para evitar un colapso escandaloso, pero jamás lo suficiente como para que las universidades se liberen de la tutela política.
¿Investigación? Para eso están los discursos vacíos y las fotos en congresos.
¿Desarrollo tecnológico? No hace falta, que ya tenemos sol y playa.
¿Independencia académica? Mejor no meneallo.
Las universidades, en lugar de ser espacios de pensamiento libre, son convertidas en jardines botánicos de la mediocridad, donde florecen los cargos a dedo y se marchitan las ideas incómodas.
Comprar silencio sale barato
El secreto mejor guardado del “modelo canario de Clavijo” no es solo la infrafinanciación, sino el arte de la compra sutil de voluntades.
En el ecosistema universitario canario, el que levanta demasiado la voz se arriesga a quedarse sin proyecto, sin beca, sin promoción, sin futuro.
Se trata de una domesticación progresiva, primero, recortes estratégicos; luego, promesas de rescate selectivo a los leales; y finalmente, la entrega de los pocos recursos disponibles a quienes han aprendido a asentir con entusiasmo.
El resultado es un clima donde el pensamiento crítico se asfixia lentamente. La disidencia intelectual, que debería ser el alma de cualquier universidad, se convierte en un deporte de alto riesgo. Al final, en los pasillos no se escucha el bullicio de un campus vivo, sino el eco del silencio bien entrenado.
El Titanic universitario: hundimiento controlado
Si la universidad canaria fuera un barco, sería el Titanic en su versión más perversa, no choca contra el iceberg por accidente, sino porque el capitán ha decidido que el hundimiento progresivo es más rentable que la navegación libre.
No interesa que las universidades sean motores de cambio,
porque eso significaría desafiar el statu quo.
Mientras tanto, el Gobierno de Canarias se asegura de que los botes salvavidas sean pocos y solo estén disponibles para los fieles. El resto, que aprenda a nadar en un mar de precariedad, con el agua de la irrelevancia académica hasta el cuello.
Y así seguimos, con universidades que deberían ser faros de conocimiento, pero que Clavijo prefiere convertir en meros centros de trámite, donde el pensamiento se dosifica con cuentagotas y la innovación se congela en el refrigerador de la conveniencia política.
Canarias no necesita universidades dóciles, sino instituciones que piensen en grande.
Pero para eso, habría que sacar las manos del poder político de su cuello.
Y parece que a Clavijo, como buen taxidermista académico,
le gusta más exhibirlas inertes que permitirles vivir.



