La gastronomía canaria ha sido declarada okupa en su propia tierra.
La gastronomía canaria ha sido declarada okupa en su propia tierra. A los platos de toda la vida les han cambiado la cerradura y ahora las cartas de los restaurantes parecen un diccionario de extranjerismos gourmet.
El gofio se convierte en “textura crujiente”, el sancocho en “reinterpretación de pescado atlántico” y las papas arrugadas en “delicatesen de patata con emulsión marina”.

Nos vendieron la globalización como un buffet libre, pero resulta que solo nos han dejado las sobras. Mientras cierran los guachinches y las fondas de barrio, florecen las franquicias y los gastrobares con nombres en inglés, donde el producto local es un atrezo y la tradición es una anécdota para turistas despistados.

Antes, nuestras mesas eran un espejo de nuestra historia.
Hoy son un escaparate de tendencias importadas con más envoltorio que esencia. Y lo mejor es que muchos aplauden la desaparición de nuestra cocina como si fuera progreso, cuando en realidad es otra forma de desalojo, el de nuestra identidad, servida en raciones minimalistas y con un toque de hipocresía al ajillo.

