Teodoro Sosa en busca del trono en el carnaval del naufragio político de Gran Canaria
Teodoro Sosa, el eterno aspirante al trono, ha decidido dejar de lado cualquier apariencia de lealtad o principios para convertirse en el capitán de un barco que, lejos de buscar puerto seguro, se dirige directo al abismo.
Su cruzada, más propia de un villano shakespeariano que de un líder político, no tiene otro objetivo que vengarse de la vieja guardia de Nueva Canarias (NC)—Román Rodríguez, Pedro Quevedo y Antonio Morales—y asegurar su pedestal personal.

En este sainete, Sosa se corona como el timonel de una mascarada política donde el «municipalismo» es solo un disfraz barato que lidera junto a Onalia Bueno, la autoproclamada Reina Moganera de las Fiestas, y una tropa de alcaldes sumisos que hacen fila para recoger las migajas de su mesa.
La carroza de los egos de Sosa, Onalia y los alcaldes lacayos
En esta tragica comedia política, Sosa y Bueno desfilan como si fueran los reyes del carnaval político insular.
Él, con su falsa capa de salvador de Gran Canaria, y ella, como la estrella del show, ondeando una bandera de «municipalismo» que no es más que papel crepé.
Mientras tanto, sus alcaldes se convierten en los palmeros perfectos, entregados a la causa de alimentar la maquinaria de un líder que no los ve como compañeros, sino como peones en su tablero de ajedrez.
Estos alcaldes lacayos, que deberían defender los intereses de sus municipios, prefieren agacharse ante Sosa para asegurarse un asiento en su carroza, aunque sea uno de los incómodos.
Como marionetas en una obra de mal gusto, siguen el guion dictado, sin importar que su papel los reduzca a meros figurantes en la tragedia que está escribiendo su líder.
Clavijo, el titiritero en las sombras
Y en las sombras, Fernando Clavijo sonríe, manejando los hilos con la destreza de un titiritero experto.
Sabe que Sosa, herido en su orgullo por no haber alcanzado el trono de NC, es un peón perfecto para sus planes.
Clavijo le susurra al oído promesas de grandeza, ofreciéndole la corona de «Caudillo de Gran Canaria» a cambio de una traición que deje a la patera de Román Rodríguez, Quevedo y Ramírez naufragar en la costa, sin siquiera un salvavidas de cortesía.
Clavijo no solo busca debilitar a NC; quiere que Sosa se convierta en su Casimiro Curbelo particular, un caudillo insular dispuesto a hacer el trabajo sucio mientras él observa desde su trono en el Gobierno de Canarias.
Esta no es una estrategia política: es una partida de póker donde Clavijo siempre tiene el as bajo la manga, y Sosa, cegado por su ambición, ni siquiera lo sospecha.
El falso nacionalismo de Sosa es toda una careta de carnaval
Sosa no duda en ondear una bandera de nacionalismo que, en realidad, está hecha de plástico barato, de ese que se descompone al primer viento fuerte. Su discurso, lleno de referencias a la «defensa de Gran Canaria», no es más que un espejismo diseñado para convencer a quienes aún creen en sus palabras.
Pero bajo esa careta de carnaval, lo único que queda es un político dispuesto a vender la isla al mejor postor, siempre que eso le garantice su pedazo de poder.
Este falso nacionalismo, que Sosa utiliza como maquillaje, no engaña a nadie que mire más allá de la superficie.
Es solo otro disfraz en el carnaval político que ha montado, una herramienta más en su arsenal para asegurar que su nombre quede grabado en algún lado, aunque sea en el epitafio político de Gran Canaria.
El tren faraónico y el asalto al territorio
Entre sus planes destaca su obsesión con el tren de Gran Canaria, una obra faraónica que promete ser su legado.
Pero no nos engañemos que este tren no es un proyecto para la gente, sino para los bolsillos de sus amigos y aliados, esos que sostendrán el chiringuito electoral mientras el retorno económico esté garantizado.
Un proyecto que necesita de 2.000 millones de financiación que dejarán endeudados a los grancanrios mientras él pretende regar los bolsillos de quienes apuesten por él. No hay inversión política sin retorno en beneficio empresarial
Sosa no es un visionario; es un mercader que ha puesto en venta el territorio de Gran Canaria, siguiendo el ejemplo de Tenesor Semidán, aquel que traicionó a los suyos por intereses personales.
El tren, que promete ser el símbolo de progreso, es en realidad un caballo de Troya diseñado para saquear los recursos de la isla y beneficiar a unos pocos privilegiados.
Un barco a la deriva, una isla en peligro
Mientras tanto, Gran Canaria se hunde. No porque le falten recursos o talento, sino porque está a merced de un capitán que ha decidido que, si no puede reinar, prefiere llevarse a todos al fondo del océano.
Con Onalia Bueno a su lado, los alcaldes a sus pies y Clavijo manejando los hilos, el destino de la isla parece un mal chiste contado por un político ambicioso en una noche de carnaval.
un carnaval que debe terminar
Teodoro Sosa, la Reina Moganera y su séquito de alcaldes sumisos han convertido a Gran Canaria en el escenario de un carnaval político donde los disfraces son de falsa dignidad, y las máscaras, de hipocresía.
Mientras Clavijo afila sus garras, Sosa sigue adelante con su plan,
sin importarle que el precio lo paguen los ciudadanos de Gran Canaria.
Gran Canaria no puede seguir siendo el escenario de este esperpento político. Es hora de que termine el carnaval, de que las caretas caigan y de que los líderes que verdaderamente aman esta tierra tomen el control.

Porque si seguimos así, lo único que quedará de Gran Canaria será el eco de un desfile de egos
que no supieron escuchar el clamor de su pueblo.






