«Las maletas de la emigración, el equipaje de la vergüenza»
Hubo un tiempo en que las maletas de los canarios cruzaban el Atlántico cargadas de sueños. Ahora cruzan Europa llenas de frustración. Antes, buscábamos futuro en Cuba o Venezuela, pero el siglo XXI nos ha regalado un destino más glamuroso, la precariedad repartida entre Londres, Berlín o Ámsterdam. Cambiamos el vapor del puerto por vuelos low-cost y despedidas rápidas en aeropuertos.
Todo cambia para que todo siga igual.
La juventud canaria sigue haciendo lo que mejor sabe, marcharse.
En un archipiélago con cifras de paro que parecen el chiste malo de un político, ¿quién puede culparles? Aquí no hay futuro, solo un presente hipotecado por alquileres imposibles y sueldos de risa.
Canarias, ese paraíso que tanto vendemos al mundo, se ha convertido en una fábrica de maletas que exporta talento y mantiene el turismo barato.
Mientras tanto, los de siempre siguen repitiendo su mantra:
“Hay que apostar por diversificar la economía”.
Bonitas palabras que se pierden entre informes y promesas vacías. Porque la verdad es esta, si no sirves mojitos o cambias sábanas, aquí no tienes cabida.
Ni te molestes en desempacar tu título universitario; en Canarias, solo sirve para adornar la pared del cuarto que compartes con otros tres desesperados.
Pero no se preocupen, dicen. Nos salvará el turismo, como si este fuera una especie de dios magnánimo al que rezarle cuando todo va mal.
Pues bien, ese dios nos ha condenado. Nos ha convertido en camareros de nuestra propia tierra, incapaces de aspirar a algo más. Y no, no es que falte talento.
Canarias produce mentes brillantes, pero no es capaz de retenerlas.
Ironías del destino, somos un pueblo que recibe turistas de masa mientras exporta sus jóvenes como mano de obra barata.
Canarias, la tierra de la eterna primavera, es también la tierra del eterno éxodo. Nos vendemos como destino de ensueño mientras forzamos a nuestros propios hijos a buscar futuro fuera.
Las maletas, esas viejas aliadas de nuestros abuelos, vuelven a ser protagonistas. Pero ahora no llevan esperanzas, sino la amarga certeza de que aquí no hay sitio para ellos.

Somos la generación que lleva su hogar en la espalda, como caracoles modernos condenados a buscar refugio en tierras extrañas.
Tal vez, algún día, alguien en el poder haga algo más que llenarse la boca de discursos.
Tal vez ese día entendamos que un paraíso sin su gente no es un paraíso,
sino una postal vacía.
Hasta entonces, sigamos haciendo maletas. Porque si algo sabemos hacer bien los canarios, es emigrar.




